Graciela Cavallini

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El sueño

No puedo explicar lo que ocurría. Tenía los ojos abiertos pero no veía nada, la oscuridad era total en medio de un silencio aterrador. No me atreví a moverme por miedo a caer en el vacío. ¿Sería un túnel?, ¿un precipicio?, o ¿quedaría flotando eternamente?

Era un sendero angosto, largo, parecía no tener fin pues se perdía allá a lo lejos en un punto pequeño.

Desde allí partían dos líneas, una a la derecha, la otra a la izquierda; el horizonte, desdibujado por árboles. El amanecer proyectaba sus sombras gracias a una alborada intensa.

A ambos lados del sendero, el campo verde, con piedras diseminadas, desde donde, como duendecillos, asomaban plantas y flores silvestres. Unas voces decían que ese “punto” fue el comienzo de mi nueva vida y la luz, la felicidad que me alumbró para siempre. También repitieron “ese fue el sendero que recorrió la niña que se perdió en el bosque”.

Estuve expectante, ya no se escuchaba más que el latido de mi corazón que, a cada instante, se hacía más tenue, ¿dejaría de oírlo? De golpe todo cambió, una luz intensa invadió el lugar, me cegó, tampoco pude ver qué me rodeaba, aturdida por un ruido ensordecedor, asfixiada por un olor fuerte…

Una fuerza extraña me hizo incorporar y enfrentar al espejo, la imagen reflejada me mostró la realidad

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El viento de la madrugada abrió la ventana, pude apagar la estufa que quedó sepultada al caerse la estantería con los libros.

EL PERIODISTA

Con la intenciión de escapar de la locura de mi trabajo en Buenos Aires, encontré un lugar especial, la laguna de Los Horcones, donde imperan la paz y el silencio.

Algunos pescadores en el muelle que se quedan horas sosteniendo sus cañas, los patos se deslizan por las aguas quietas, solo de vez en cuando interrumpe tanta tranquilidad el aletear de un par de chajaes.

Mientras saboreaba mi cafè, felicitàndome por haber encontrado al fin un lugar tranquilo, nada podìa suceder, se me acercò un gaucho y me dijo “¿Ha visto Don lo que pasò en la casa de la laguna?”, no pude menos que preguntarle, “¿qué laguna?”.

-Güeno, aquí en la zona hay tres: La Salada, Los Horcones y la del Rosario, en esta última hubo un hecho confuso, unos hablan de “desaparición”, otros de “ homicidio”.

Traté de hacer oìdos sordos, no escuchar, pero mi instinto periodístico pudo más y comencé a preguntar ¿Cómo desaparición u homicidio?

El gaucho desembuchó lo que se decia: unos, que Rosendo, el marido de María, habìa ido al pueblo por última vez, ya que comprò dos botellones de agua ardiente, no volverìa a la casa de la laguna; otros, que nadie lo vio partir, el asunto es que no se supo más de Rosendo.

Además, parece que Marìa tuvo algo que ver, no pudo explicar la ausencia del esposo, tampoco ocultar la sonrisa tranquila con que viviò a partir de ese momento, sentada en su mecedora disfrutaba los cuentos fantàsticos de Juan, el peón de los Matienzo, que le relataba… “Allá lejos donde los juncos se abrazan, saltaban peces como flechas plateadas, yo los recogía en mis redes, como alimento divino hasta que un dìa las redes salieron vacías”.

Incluso se hablaba de un paseo en el bote, de Rosendo, Marìa y Pascual, allí en el fondo de la laguna donde los juncos se abrazan…

No pude màs, busqué mi “laptop” y partí a la casa de la laguna para entrevistar a Pascual, parecía el único en saber la verdad.

Nunca en mis años de periodista sufrí tamaña desilusiòn, encontré a Pascual, su cabeza apoyada en la falda de María, ella lo acariciaba mientras se hamacaba en la mecedora… él, al verme, comenzó a ladrar.

El ingenuo de Jorge Luis Borges

“Me asombra que una llave pueda abrir una puerta, /
me asombra que mi mano sea una cosa cierta, /
me asombra que del griego la eleática saeta /
instantánea no alcance la inalcanzable meta, /
me asombra que la espada cruel pueda ser hermosa, /
y que la rosa tenga el olor de la rosa”.
Jorge Luis Borges

¿Cómo alguien puede ser tan ingenuo y asombrarse de que la llave abra una puerta?, a menos que la llave sea antigua, grande, de esas que tenían las iglesias o los palacios y la cerradura sea moderna, plateada. Más que asombrarse sería imposible.
No puede dudar que su mano sea cosa cierta, si está ahí, como él, pegada al cuerpo.
Lo de la eleática saeta no lo entiendo, capaz algo tenga que ver con Zenón de Eleas, claro que el verso “instantánea no alcance la inalcanzable meta” es una frase preciosa, con solo leerla, repetirla, se escucha el silbido de la flecha.
Que una espada sea hermosa asombraría a cualquiera, vaya noticia. Pero no puedo creer que alguien se asombre porque la rosa huela, más que ingenuo es un insensible, estúpido, ignorante. No merece vivir.
Perdón, hay cosas que no puedo soportar, por más ingenuo que sea debería tomar unas clases de semiótica, tengo un curso para recomendarle.

El sendero

Era un sendero angosto, largo, parecía no tener fin pues se perdía allá a lo lejos en un puntito.
Desde ese puntito partían dos líneas, una a la derecha, la otra a la izquierda; el horizonte, desdibujado por árboles. La luz intensa del amanecer proyectaba sus sombras.
A ambos lados del sendero, el campo verde, con piedras diseminadas, desde donde, como duendecillos, asomaban plantas y flores silvestres.
Ese fue el sendero que recorrió la niña que se perdió en el bosque.
Dicen que ese “puntito” fue el comienzo de su nueva vida y la “luz”, la felicidad que la iluminó para siempre.

Transformación

“Yo sospeché en seguida de qué se trataba. Pero un axioma de mi propia cosecha sostiene que el hombre, siendo un ser superior, tiene la obligación de contribuir al mejoramiento de la mujer…, si es que se puede.”
Sí, se puede y, como todo en esta vida, hay que investigar para dar una respuesta lógica y segura, por eso decidí unirme a un grupo feminista.
Yo, hombre superior, fui analizando las costumbres de la mujer con la intención de mejorarla y descubrí que tienen cualidades dignas de tenerse en cuenta.
Comencé por los modales, son delicadas; creativas, el gusto por la ropa, el sentido estético, sensuales, cariñosas, sensibles, fuertes, espirituales, bellas… Tantas fueron las virtudes que me enamoré de ellas y hoy siento orgullo por mi decisión: cambié mi nombre, no soy más Daniel, soy Daniela, felizmente casada con Roberta, mi compañero de facultad. Nuestra amistad se transformó en amor. Convencidos ambos que no hay nada mejor que un hombre con las virtudes de una mujer.

“Tema libre” – Sobre el arte de escribir

El ejercicio para el próximo miércoles es una narración de “tema libre”. Sin frases para completar, sin comentar un texto de Cortázar en tercera persona, sin restricciones para usar los verbos ser, estar, haber, tener…ni con los gerundios, nada, absolutamente nada impuesto o prohibido. “Tema libre”, ¡totalmente libre!, y ahí me dí cuenta qué difícil es la libertad total. Cuánto más sencillo es tener una guía, una simple frase, algo que te haga menos responsable, una ayuda, una excusa, un empujón para comenzar.
¡Por favor, señora profesora!, no me haga esto. ¡No me deje sola! ¡Virgen Santa, no me abandones ni de noche ni de día!…
¿A quién recurrir? ¿A mis hijos? Sé la respuesta: “Mamá, estamos trabajando. ¿Qué te pasa?”.
Si viviera aquí mi sobrino Javier, él sí me ayudaría, es culto, sensible, sabe lo que una siente en estas circunstancias…lo llamo y listo… ¿Cómo que está fuera del área? ¿Se mudó y no me avisó?…Ah! Mi cuñada, sí, a ella también puedo llamarla. ─Pí, pí, piííí´. ─Otra que se borró y dejó al canario de telefonista. Esto es una conspiración, nadie me escucha, perdida en una noche oscura…sólo me queda trepar al balcón de este séptimo piso y zambullirme al vacío.
Esta es la trágica historia de una mujer, escrita en primera persona, con un montón de gerundios, verbos prohibidos y frases que pueden servir para comenzar un cuento sobre el arte de escribir.

Lucía, por mirar de reojo, de María Cristina Santiago

A Lucía le pasaban cosas por mirar de reojo o, por mirar de reojo, le pasan cosas a Lucía.
La cuestión es que “Lucía” me atrapó con los flashes de su infancia.
“Estúpida, no servís para nada”, alternando con las medias blancas con puntillas al borde, el padre Secundino con su letanía, “Dios premia a los buenos, castiga a los malos”, acompañada por el sacristán que enciende velones y otra vez.
“Imbécil, ¿te lavaste las orejas?” y de nuevo suena una fuerte cachetada, los malos pensamientos, la mano, la hora de la siesta, el padre que se juega todo en una sola noche.
Y así transcurre su infancia, mirando de reojo mientras la vieja bruja plancha el delantal con almidón Colman.
Cómo me gustaría escribir así, aunque mi mamá me lavaba las orejas con delicadeza y ternura, tal vez porque fui asmática desde los cuatro años, dicen, por un resfrío mal curado…, pero eso es otra historia.
Volviendo a “Lucía”, a sus personajes: una mamá, un papá, un hermano, cuatro tías (sólo habla de dos, la tía Julia que le deja revisar el baúl donde guarda los recuerdos con olor a alcanfor y la tía Adela, ella sólo tiene un “preferido”, Gabriel, el hermano de Lucía, a quien le está permitido, incluso, arrugar la colcha de la cama…).
¡Ah!, el funeral de Evita, aunque en realidad sea el del abuelo muerto. Parece confuso, pero no. Son clarísimos esos pantallazos de la infancia.
Aquí la “corto”, aunque falta mucho más, recién voy por el capítulo VII y son XXXV, por supuesto escritos en números romanos.

El aviso

Ella bajó con dificultad del colectivo, llevaba en su mano derecha el bolso gastado, en la izquierda la página de avisos del diario de la mañana; de todos los que había marcado con un grueso círculo, sólo le quedaba uno sin tachar. Su última oportunidad, “Se necesita recepcionista. Buena presencia”.

- Sí, es aquí. Virrey del Pino 1400 – dijo en voz alta y siguió caminando. “Mil cuatrocientos treinta y cinco, número impar”, cruzó la calle, tocó el portero eléctrico en el tercero B. Se dejó oir una suave chicharra y “pase…”. Apenas se apoyó, cedió el blindex.

Frente al tercero B, mientras se arreglaba el saco, la puerta electrónica se abrió sola. Al entrar, vio detrás de un escritorio a un hombre joven, apuesto, sonriente, con amabilidad la invitó a pasar y a tomar asiento. Cuando ambos estuvieron frente a frente, comenzó con una serie de preguntas. Ella se sintió incómoda por su expresión inalterable, acostumbrada a que en muchas oportunidades los entrevistadores no reprimieran los crueles e irremediables gestos de rechazo ante esos gruesos anteojos que aumentaban el tamaño de sus ojos bizcos, señalando la nariz ganchuda que, al juntarse con el prominente mentón, resaltaba su boca hundida como una delgada ranura de pequeños y desparejos dientes que sonreían a pesar de todo.

El entrevistador tampoco reaccionó al despedirse cuando ella se puso de pie y dejó expuestas sus piernas cortas y deformadas por la polio que la convirtió en esta persona introvertida y solitaria desde la infancia. Es más, él le hizo un comentario agradable sobre su melodiosa voz. Le pareció un buen presagio.

-El puesto es suyo, la espero mañana a las nueve en punto- le dijo solemne. Claro que él nunca pudo ver el gesto de alegría en la cara de ella. En el perchero del tercero B colgaba un bastón blanco.

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Este cuento ganó el primer premio en la categoría “Cuento” de los Torneos Bonaerenses, junio 2011

Otra historia de amor

Estela salió a horario, como de costumbre, siempre la misma rutina. Se sentó en el banco del andén y abrió el diario. Con grandes titulares, anunciaban la vuelta al país del prestigioso científico Martín Echagüe. No pudo terminar de leer el artículo, cerró los ojos, sus temblorosas manos dejaron caer el periódico, una sensación de vértigo hizo que bajara la cabeza.
Aturdida, se encontró de nuevo en el viejo y conocido banco, sollozando en los brazos de Martín, ¿cómo que se iba?, ¿por qué no se lo dijo antes? Él la consoló, de saberlo con anticipación hubieran sido meses de sufrimiento. En cambio así, en corto tiempo estarían juntos, tenía que confiar en él, pronto volvería a buscarla.
Durante su ausencia, transformada en largos meses primero y en años después, ella siguió sus logros profesionales a través de los periódicos. Hasta que un día, en sociales anunciaron el compromiso del científico argentino Martín Echagüe con la condesa Fátima Di Farnesse, en ese momento supo que lo había perdido. ¿Es que volvía para buscarla?
De a poco volvió en sí, con gran esfuerzo recogió el diario y siguió leyéndolo “los restos del famoso científico serán velados en la Academia de Ciencias de la Ciudad de Buenos Aires”.
Se oyó el pitar del tren, lentamente siguió su camino de siempre. El de todos los días desde hacía……

Una historia de amor

No fue un amor a primera vista. Se conocieron a medida que transcurrieron los meses. Al año eran inseparables, tanto que no pasaba un día sin comunicarse, mirarse a los ojos, decirse lo mucho que se amaban.
Su amor resultó un compromiso serio, ambos decidieron formar una familia, tarea nada fácil, ya que Ana vivía en Las Lomas del Mirador de la provincia de Buenos Aires y a Luciano le faltaban todavía dos años para volver a la Argentina cuando terminara su contrato laboral en la empresa multinacional petrolera en los Emiratos Árabes, donde desarrollaba su profesión de ingeniero químico.
Hoy con la tecnología nada es imposible, Ana y Luciano estaban agradecidos a Internet, por su existencia se conocieron.
La tecnología y la ciencia hicieron posibles sus sueños, incluso, mediante “inseminación artificial”. Ana tuvo a Joaquín y Camila, dos hermosos mellizos.
Esta historia de amor pudo tener un final felíz… pero a veces el destino nos juega una mala pasada, un mes antes del regreso de Luciano se cayó el sistema y no tuvieron la precaución de guardarlo en un disco duro.

Acerca de mí:

Soy Graciela Cavallini, comencé a escribir al radicarme en Pinamar. Con gran satisfacción, en 2008, con la Peña de escritores Pinamarenses presentamos nuestro primer libro: LEVANTANDO VUELO. En el año 2007, participé en el libro “Palabras al Sur”, editado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Mis preferencias son los cuentos cortos y poesías.

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